En la antigua China, los médicos cobraban solo por impedir
que sus pacientes enfermaran, ya que su función era fundamentalmente
preventiva. Y cuando alguno de los que estaba a su cuidado caía enfermo, correspondía
al médico cubrir todos los gastos.
Además, le ponían una lamparita en la puerta de la casa como señal de deshonor,
pues no había cumplido bien su tarea.
Hoy en día, podríamos decir que más del 90% de la medicina
está centrada en tratar, curar, sanar, paliar, aliviar afecciones ya
instauradas. Aunque muchos hemos logrado identificar cosas muy específicas que
nos debilitan o enferman, es muy poca la atención que le prestamos a la tarea de
prevenir. Sobre todo la población en edad productiva vive bajo el esquema de hacer
grandes esfuerzos “hasta que el cuerpo aguante”, y cuando el cuerpo se queja o
se quiebra, vamos al médico para que nos solucione el problema.
¿No sería mucho más práctico y barato impedir que pase lo
malo, antes de que pase? Es importante que rompamos el hechizo sistémico que
nos hace creer que es especialmente difícil introducir ciertos pequeños cambios
en nuestro modo de vida. Cambios pequeños, pero significativamente útiles
porque van a impedir que nos enfermemos. Y así nunca tendremos que ir al
médico, no tendremos que gastar en medicinas, tendremos una mejor calidad de
vida.
Según la tradición oriental, todo lo que el ser humano tiene
que hacer para mantenerse por siempre joven y sano, para alcanzar la longevidad
e incluso la inmortalidad es seguir las leyes del Tao (para los hindúes,
Dharma). ¿Y qué leyes son esas?,
preguntarán algunos. La primera cosa que viene a la mente cuando pienso en Dao
es el elemento agua. Porque el agua es el origen, el principio, el Alfa y el
Omega, simultáneamente el fin, la sustancia y el sentido de la existencia. Es
Dios, es vida, somos nosotros. Posibilita la vida y la alarga. También contiene
toda la información particular y de especie que cada ser necesita para
desarrollarse plenamente, es decir,
para desplegar, a lo largo de su vida, todo el amplio y glorioso abanico de sus
potencialidades. El agua es, según la Tradición, nuestra esencia. Por eso es
tan preciosa, y debemos conservarla. Conservar, nutrir y atesorar la esencia
equivale a estar fuertes, sanos, y a vivir muchos años con una amable sonrisa
en el rostro.
Conservar la esencia es tener defensas inquebrantables en
base a que el agua, como es blanda, Yin, nunca se enfrenta con nada, sino que
sigue el camino de la adaptación. Todo lo acepta, a todo se amolda, nunca entra
en conflicto ni dice: No, porque yo soy
así… y punto. Es que yo soy muy… tal. No. El agua fluye. Así como debe
fluir el ser humano en su hacer, en su sentir y en su pensar, manteniendo, por
supuesto, una consciencia clara de cuál es su camino, que es lo mismo que decir
su Dao. O por lo menos una consciencia de que hay un camino por descubrir. Y es
ahí donde surge la alerta de decir, bueno, si quiero encontrar y fluir por mi
camino en santa paz, es decir, en salud,
tengo que cuidar de que esa agua no se contamine. Y esa es, justamente, una de
las primeras utilidades mágicas de ese elemento sagrado llamado Agua:
pu-ri-fi-car.
Todo esto puede parecer un poco confuso, quizás, pero en
realidad es muy simple: para prevenir en salud, debemos purificarnos. Ya lo decían
los griegos, no recuerdo ahora cuál de ellos: “la higiene es la base de la
salud”. Purificar es prevenir. Porque
aquello que es puro no enferma, en la pureza no me cargo de cosas que no
necesito ni soy capaz de reconocer. Y en este sentido me voy a permitir dejar
aquí tres sugerencias, tomadas, por supuesto, de la Escuela Neijing, a la que
pertenezco.
Primero, cuando me duche en las mañanas, o en las noches, o
ambas, o cuando sea que me duche (pero es bueno hacerlo en las mañanas y/o en
las noches), una vez cumplido mi aseo formal, el jabón, el champú… me voy a
quedar unos minutitos quieta, quieto, bajo el chorro de la ducha, sintiendo el
agua correr por mi cuerpo y permitiendo que esa agua purifique mi ser. Es muy
simple. Si el agua está fresca, mucho mejor. Que no esté muy caliente. El agua
más fría promueve la circulación y eso hace, justamente, que la sangre y los
líquidos no se estanquen. Y luego de ese momento de introspección, de conexión,
ya puedo empezar mi día y quien lo practique verá que se va a sentir radiante.
Segundo, voy a mantener una alerta sobre los pensamientos
que me surjan, y si noto que alguno de ellos está como desviado, torcido, o que
no está dentro de lo que considero correcto, me voy a dar un golpecito en la
coronilla o parte más alta de la cabeza. Una palmadita suave, pero firme. De
esa manera, esos malos pensamientos, por decirlo de alguna manera, se van a ir
disolviendo. Por ejemplo, estoy caminando hacia el subte y de pronto veo un
perro que me parece feo, y pienso en patearlo. Enseguida me doy cuenta de que
esa idea no está bien. Entonces me doy un golpecito en la coronilla y ya.
¡Magia! Se disolvió esa pequeña maldad, y sigo mi camino tranquilamente, bendiciendo
internamente a todos los perros del mundo, altos o bajos, flacos o gordos, feos
o bonitos, porque todos son seres vivos amados por la Creación.
Tercero, a la hora de las comidas, que ojalá ocurran en
horarios más o menos estables y en un ambiente armónico, voy a santificar los
alimentos. Es decir, voy a decir una pequeña oración de agradecimiento e
intención, para purificarme de la soberbia de dar por sentado ese plato que
tengo enfrente mientras que millones de otros seres en el mundo pasan trabajo y
hambre. Para purificarme de la gula y enviarme a mí mismo, a mí misma, una
señal que me recuerde que no necesito comer tanto para estar bien. ¡Todo lo
contario! La vacuidad y el ayuno son elementos de primer orden a la hora de
asegurar el buen funcionamiento del organismo. Así que, no importa el credo,
pero sí saber y sentir que estoy dimensionando ese alimento de otra manera,
dándole una apreciación y un valor que van más allá de lo material, de lo
físico. Una oración por los alimentos, agradeciendo el hecho de poder comer y
promoviendo la intención de que nada se estanque ni se quede en mi mero gusto o
placer.
Con estas tres prácticas, mínimas, podemos aportar un
quantum importante de energía a nuestro camino de perfección, que es para lo
que estamos diseñados. Sí, porque el ser humano en su proyecto original de
universo tiene esa condición innata, y tiene también la opción de desarrollarla
aquí, en este planeta, en este plano. Y cuando logramos instaurar gestos de
purificación y perfeccionamiento a nuestras vidas estamos haciendo un trabajo
de prevención… ¡enorme! Más de lo que imaginamos. Así que… ¡adelante! ¡Felices
purificaciones preventivas! Porque nunca es tarde para inaugurar un buen hábito.
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