Si nos fijamos, todo en la Vida está hecho de ritmos. Incluso la materia no es más que energía cósmica estructurada de acuerdo con determinados patrones, y esos patrones también son o expresan ritmos, ciclos y procesos que tienen un comienzo y una culminación. La luz del día comienza y termina con regularidad, la luna se llena y se “vacía” en unos lapsos de tiempo que son constantes, las estaciones van y vienen para luego repetirse en un orden establecido. Estos ciclos periódicos están presentes también en el cuerpo humano, que es un microcosmos, y gran parte de eso que los maestros llaman “el arte de vivir” consiste en seguirlos y mantenerlos con humildad, con entrega, con flexibilidad, con ternura, con belleza, con servicio.
Acoplarse a los ritmos naturales es algo que nos conviene y
nos corresponde hacer no solo por interés personal, sino también por el bien de
todos, ya que, tras la aparente separación entre unos seres y otros, todas las
formas de vida y consciencia formamos una sola unidad, una única e indivisible sinfonía
compuesta y ejecutable por una enorme variedad de instrumentos: nosotros. Y cuando
en una sinfonía uno de los instrumentos se desafina o pierde el ritmo, su
efecto se siente en el todo, no solo en una parte. Del mismo modo, cuando
alguien toca muy bien un instrumento dentro de un grupo, esto eleva y afina la
calidad de todos.
Seguir los ritmos naturales del sueño y la vigilia, de la
ingesta de alimentos y de la respiración tiene el efecto inmediato de centrar
nuestra energía individual y de sintonizarnos positivamente con el entorno.
Entonces, como por arte de magia nuestra vida se simplifica, nos volvemos
capaces de soltar lastres innecesarios y todo empieza a fluir con mayor
abundancia y espontaneidad.
Para ello basta con mantener hábitos saludables y de sentido
común, pero debemos reconocer que, hoy en día, incluso esto puede resultar
complicado para muchos. El sistema de vida que lleva la mayoría en Occidente
implica prisas, prisas por todos lados, además de fuertes exigencias económicas
que no todos se sienten capaces de sobrellevar con tranquilidad. El estrés
resultante es uno de los factores que nos hace perder el ritmo de la Creación: nos
acostamos demasiado tarde porque estamos enganchados con la tecnología, o no
dormimos bien porque tomamos demasiados estimulantes, comemos cualquier cosa y
apurados, nos detenemos muy poco a respirar profunda y conscientemente, rara
vez frecuentamos la naturaleza.
Volver a los ritmos naturales cuesta, pues, un cierto
esfuerzo de ajuste. A algunos quizá les baste con un poco de disciplina. Otros
tal vez tengan que negociar con terceros para que sus vidas puedan retomar ese
cauce. En todo caso, sea grande o pequeño el esfuerzo, digo que es importante
hacerlo y vale la pena, porque nada puede hacernos más felices que ser quienes
realmente somos, y esto pasa necesariamente por una cierta obediencia a las
leyes que conforman nuestro diseño original. No estamos diseñados para
trasnochar todos los días, ni para estimular nuestras suprarrenales de manera
permanente, ni para atragantarnos de basura, ni para vivir aislados de nuestra
madre y nave nodriza, la Tierra.
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