Si el agua es el
elemento que marca la pauta de nuestro origen y de nuestro sentido de lo
Eterno, el fuego es esa otra fuerza –opuesta y complementaria– que nos llama hacia
lo alto, inspirándonos a dar cumplimiento a nuestros ideales… donde brilla la
Luz.
La Medicina Tradicional China postula que el elemento fuego
tiene cuatro vectores en la economía energética del ser, a saber, el triple
recalentador, el maestro de corazón, el intestino delgado y el corazón. Los
antiguos chinos consideraban a este último como el emperador del microcosmos que es el hombre, porque es el órgano que
comanda y recoge de todos los demás órganos –riñón, hígado, bazo, pulmón– sus humores
y quintaescencias y sirve de espacio para el surgimiento de un sentido global de la existencia. Cuando sabemos y sentimos que nuestra
vida tiene un sentido (un Tao, un
camino), lo sabemos con el corazón y esto nos produce alegría. La alegría –una
alegría no desbordada, sino dulce y juiciosa que se expresa hacia el exterior
pero también nutre lo interno– es el sentimiento natural del corazón, una
brújula que nos dice si estamos haciendo lo que nos corresponde hacer en la
vida.
Cuando una actividad nos aburre, por ejemplo, es porque el emperador
nos está diciendo: “Para, que no es por aquí la cosa. Tú tienes otras cosas más
importantes que hacer…” El aburrimiento es la sensación de que una cosa no tiene sentido para nosotros. Quizá lo
tenga para otros, pero a mí… me aburre. En cambio, si algo me produce alegría –pero
no una alegría egoísta, sino una
alegría luminosa que yo siento que puede expandirse hacia los demás– entonces sí,
es por ahí: el camino de tu ser tiene que ver con eso. Según estudios
realizados en Gran Bretaña y Estados Unidos, el aburrimiento crónico es una
causa importante de enfermedad cardíaca. La interminable rutina, la falta de
poder de decisión sobre la propia vida, la ausencia de intereses reales o
estímulo mental suficiente –incluso en un mundo plagado de medios e información
como el que habitamos– pueden hacer que terminemos cansados, desinteresados,
indiferentes o incluso deprimidos. Y estas sensaciones, humores o estados de
ánimo, como van en contra del proyecto
vital del ser, el que viene grabado (o al menos sugerido) en nuestros genes,
van debilitando poco a poco a ese emperador, hasta que empiezan a manifestarse
las cardiopatías. Evidentemente, este no es el único factor de riesgo, ¡pero es
uno importante! ¡Lo han dicho los científicos! Así que ya podemos creérnoslo. La
mayoría de los entendidos concuerdan en que es así.
Evidentemente, desde el plano de consciencia “normal” de
este mundo material en el que habitamos, encontrar y alinearse con el propio
camino muchas veces cuesta. Desde niños, desde otras vidas, desde muy atrás
empiezan a pesarnos un montón de condicionamientos –miedos, dudas, iras,
desamores, soberbias y demás– que nublan nuestra visión y nos mantienen en la
esclavitud de la ignorancia de nuestra verdadera identidad. Esos son los
condicionamientos que pueden mantener a alguien atado a una actividad que en
realidad no es lo suyo por años. “No es lo que más me gusta, de hecho
me aburre. Es más, lo detesto. Pero lo hago porque tengo miedo de no encontrar
nada mejor. Me da seguridad. Necesito el dinero. Es lo que otros quieren que
haga…” Las excusas abundan. Pero, ojo, son patrañas. Telarañas en las que un
ser puede quedar envuelto y atrapado sin haber dado ni un paso en el camino de
su auténtica realización.
Afortunadamente, la Vida es más fuerte que la necedad
humana. Cuando alguien se empeña en negarse a sí mismo, o cuando deja que otros
le nieguen, o incluso cuando cree que no tiene otro remedio, indefectiblemente
surge eso que conocemos como “enfermedad”. Es la manera que tiene la Vida de
decir que un proceso no va por buen camino. De ahí que un corazón aburrido
pueda terminar siendo un corazón enfermo. Al no obedecer a su propia naturaleza
de amor y luz, el soberbio emperador termina siendo rechazado por la Fuerza. No
definitivamente, porque sanar siempre es posible… pero habrá que pasar por ese estado
llamado enfermedad, llamado dolor, llamado incomodidad, llamado muerte, hasta
que esa oscuridad, esa negación quede finalmente disuelta y el ser logre
finalmente entender y expresar su auténtica naturaleza: un estado de salud y
realización pleno y constante.
Algunos piensan que la enfermedad, o “estado adaptativo de
salud”, como le llama la Escuela Neijing, es inevitable. No es así. En lo que
atañe al corazón específicamente, hay mucho que podemos hacer en términos de
prevención. Y, aunque suene raro, lo primero es que, teniendo en cuenta que este
órgano es el asiento del espíritu, hagamos al menos un mínimo esfuerzo diario por ejercer nuestra naturaleza
espiritual, nuestro origen divino. La cantidad de maneras que existen para
hacer esto es casi infinita. Como dice un viejo refrán hindú, “existen tantas
religiones en el mundo como corazones humanos”, pues cada uno tiene una
conexión única, particular e intransferible con lo supremo. Lo esencial no es
que mi manera de ser espiritual concuerde con la tuya, con la de otro, con la
de la religión establecida, ni siquiera con la de mi familia. ¡No! Lo esencial es
que esa conexión se promueva y se ejerza en el vivir diario de la persona. Para
algunos será la oración, para otros la meditación, otros preferirán hacer algún
tipo de ritual, otros practicarán yoga o qigong o taichí, o lo canalizarán a
través del servicio, o a través de alguna forma de arte, o deporte, o
procurando, simplemente, de hacer bien su trabajo. Para otros, el solo hecho de
saludar con una sonrisa al portero todos los días representa el summum de la
santidad. ¡Bien, pues también vale! La sola intención de vivir con entrega y pulcritud,
con honradez, con disciplina, en definitiva ¡con virtud!, ya es acercarnos a lo
supremo, más allá de la denominación religiosa que elijamos, o no. No hay que
olvidar que el Principio es omnipresente y ¡no se agota!
¿Es decir que tener una vida espiritual es lo que más nutre
la alegría del corazón y fortalece la vitalidad? Sí. Al conectarnos con la
fuente, simplemente somos más felices en todos los planos, incluyendo el físico,
ese que tanto nos preocupa: que si el cuerpo, que si la plata, que si la
comida, que si la ropa. Cuando entramos en sintonía con el Espíritu, las
preocupaciones se disuelven, los humores fluyen, las ideas se hacen más frescas
y amables, nos volvemos útiles a los demás… y todo ello implica que estamos
también más saludables. Porque no hay remedio más potente contra cualquier mal
que la felicidad auténtica que brota de esa fuente. Después ya podemos pensar
en agregar algunas prácticas preventivas adicionales, como el masaje con loofa
a la hora de ducharse para promover la circulación (en medicina china, todos
los vasos del cuerpo son una extensión del corazón). Podemos agregar ejercicio
cardiovascular dos o tres veces por semana. Podemos cuidar nuestra dieta, consumir
Omega 3, 6, 9. Todo eso va a ayudar. Pero la verdadera alegría surgirá y se
mantendrá solo en la medida en que reconozcamos en nosotros mismos esa vocación
natural, innata, que tenemos de entregarnos y aspirar hacia lo alto, esa
vocación de brillar, de ser cada día mejores y de amar con todo. Ese es el fuego del espíritu que jamás debemos
dejar de alimentar y custodiar.
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