viernes, 6 de marzo de 2020

¡Oh, divino y ardiente emperador!



Si el agua es el elemento que marca la pauta de nuestro origen y de nuestro sentido de lo Eterno, el fuego es esa otra fuerza –opuesta y complementaria– que nos llama hacia lo alto, inspirándonos a dar cumplimiento a nuestros ideales… donde brilla la Luz.


La Medicina Tradicional China postula que el elemento fuego tiene cuatro vectores en la economía energética del ser, a saber, el triple recalentador, el maestro de corazón, el intestino delgado y el corazón. Los antiguos chinos consideraban a este último como el emperador del microcosmos que es el hombre, porque es el órgano que comanda y recoge de todos los demás órganos –riñón, hígado, bazo, pulmón– sus humores y quintaescencias y sirve de espacio para el surgimiento de un sentido global de la existencia. Cuando sabemos y sentimos que nuestra vida tiene un sentido (un Tao, un camino), lo sabemos con el corazón y esto nos produce alegría. La alegría –una alegría no desbordada, sino dulce y juiciosa que se expresa hacia el exterior pero también nutre lo interno– es el sentimiento natural del corazón, una brújula que nos dice si estamos haciendo lo que nos corresponde hacer en la vida.
Cuando una actividad nos aburre, por ejemplo, es porque el emperador nos está diciendo: “Para, que no es por aquí la cosa. Tú tienes otras cosas más importantes que hacer…” El aburrimiento es la sensación de que una cosa no tiene sentido para nosotros. Quizá lo tenga para otros, pero a mí… me aburre. En cambio, si algo me produce alegría –pero no una alegría egoísta, sino una alegría luminosa que yo siento que puede expandirse hacia los demás– entonces sí, es por ahí: el camino de tu ser tiene que ver con eso. Según estudios realizados en Gran Bretaña y Estados Unidos, el aburrimiento crónico es una causa importante de enfermedad cardíaca. La interminable rutina, la falta de poder de decisión sobre la propia vida, la ausencia de intereses reales o estímulo mental suficiente –incluso en un mundo plagado de medios e información como el que habitamos– pueden hacer que terminemos cansados, desinteresados, indiferentes o incluso deprimidos. Y estas sensaciones, humores o estados de ánimo, como van en contra del proyecto vital del ser, el que viene grabado (o al menos sugerido) en nuestros genes, van debilitando poco a poco a ese emperador, hasta que empiezan a manifestarse las cardiopatías. Evidentemente, este no es el único factor de riesgo, ¡pero es uno importante! ¡Lo han dicho los científicos! Así que ya podemos creérnoslo. La mayoría de los entendidos concuerdan en que es así.
Evidentemente, desde el plano de consciencia “normal” de este mundo material en el que habitamos, encontrar y alinearse con el propio camino muchas veces cuesta. Desde niños, desde otras vidas, desde muy atrás empiezan a pesarnos un montón de condicionamientos –miedos, dudas, iras, desamores, soberbias y demás– que nublan nuestra visión y nos mantienen en la esclavitud de la ignorancia de nuestra verdadera identidad. Esos son los condicionamientos que pueden mantener a alguien atado a una actividad que en realidad no es lo suyo por años. “No es lo que más me gusta, de hecho me aburre. Es más, lo detesto. Pero lo hago porque tengo miedo de no encontrar nada mejor. Me da seguridad. Necesito el dinero. Es lo que otros quieren que haga…” Las excusas abundan. Pero, ojo, son patrañas. Telarañas en las que un ser puede quedar envuelto y atrapado sin haber dado ni un paso en el camino de su auténtica realización.
Afortunadamente, la Vida es más fuerte que la necedad humana. Cuando alguien se empeña en negarse a sí mismo, o cuando deja que otros le nieguen, o incluso cuando cree que no tiene otro remedio, indefectiblemente surge eso que conocemos como “enfermedad”. Es la manera que tiene la Vida de decir que un proceso no va por buen camino. De ahí que un corazón aburrido pueda terminar siendo un corazón enfermo. Al no obedecer a su propia naturaleza de amor y luz, el soberbio emperador termina siendo rechazado por la Fuerza. No definitivamente, porque sanar siempre es posible… pero habrá que pasar por ese estado llamado enfermedad, llamado dolor, llamado incomodidad, llamado muerte, hasta que esa oscuridad, esa negación quede finalmente disuelta y el ser logre finalmente entender y expresar su auténtica naturaleza: un estado de salud y realización pleno y constante.
Algunos piensan que la enfermedad, o “estado adaptativo de salud”, como le llama la Escuela Neijing, es inevitable. No es así. En lo que atañe al corazón específicamente, hay mucho que podemos hacer en términos de prevención. Y, aunque suene raro, lo primero es que, teniendo en cuenta que este órgano es el asiento del espíritu, hagamos al menos un mínimo esfuerzo diario por ejercer nuestra naturaleza espiritual, nuestro origen divino. La cantidad de maneras que existen para hacer esto es casi infinita. Como dice un viejo refrán hindú, “existen tantas religiones en el mundo como corazones humanos”, pues cada uno tiene una conexión única, particular e intransferible con lo supremo. Lo esencial no es que mi manera de ser espiritual concuerde con la tuya, con la de otro, con la de la religión establecida, ni siquiera con la de mi familia. ¡No! Lo esencial es que esa conexión se promueva y se ejerza en el vivir diario de la persona. Para algunos será la oración, para otros la meditación, otros preferirán hacer algún tipo de ritual, otros practicarán yoga o qigong o taichí, o lo canalizarán a través del servicio, o a través de alguna forma de arte, o deporte, o procurando, simplemente, de hacer bien su trabajo. Para otros, el solo hecho de saludar con una sonrisa al portero todos los días representa el summum de la santidad. ¡Bien, pues también vale! La sola intención de vivir con entrega y pulcritud, con honradez, con disciplina, en definitiva ¡con virtud!, ya es acercarnos a lo supremo, más allá de la denominación religiosa que elijamos, o no. No hay que olvidar que el Principio es omnipresente y ¡no se agota!
¿Es decir que tener una vida espiritual es lo que más nutre la alegría del corazón y fortalece la vitalidad? Sí. Al conectarnos con la fuente, simplemente somos más felices en todos los planos, incluyendo el físico, ese que tanto nos preocupa: que si el cuerpo, que si la plata, que si la comida, que si la ropa. Cuando entramos en sintonía con el Espíritu, las preocupaciones se disuelven, los humores fluyen, las ideas se hacen más frescas y amables, nos volvemos útiles a los demás… y todo ello implica que estamos también más saludables. Porque no hay remedio más potente contra cualquier mal que la felicidad auténtica que brota de esa fuente. Después ya podemos pensar en agregar algunas prácticas preventivas adicionales, como el masaje con loofa a la hora de ducharse para promover la circulación (en medicina china, todos los vasos del cuerpo son una extensión del corazón). Podemos agregar ejercicio cardiovascular dos o tres veces por semana. Podemos cuidar nuestra dieta, consumir Omega 3, 6, 9. Todo eso va a ayudar. Pero la verdadera alegría surgirá y se mantendrá solo en la medida en que reconozcamos en nosotros mismos esa vocación natural, innata, que tenemos de entregarnos y aspirar hacia lo alto, esa vocación de brillar, de ser cada día mejores y de amar con todo. Ese es el fuego del espíritu que jamás debemos dejar de alimentar y custodiar.

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