Así como las tuberías
de una casa no pueden funcionar bien si están oxidadas o llenas de lodo u otras
impurezas, el corazón humano no puede alcanzar su identidad con el Espíritu a
menos que se purifique. Esta verdad no es exclusiva de ninguna religión o
doctrina. Todo el que sabe… ¡lo sabe!
Al cabo de una semana, María volvió a mí diciendo que había
tratado de seguir mi consejo. Se había dicho repetidamente a sí misma Soy una mujer amada por el universo, un ser
único e irrepetible que lo merece todo… luego de lo cual se había puesto a
“escuchar”. Pero cuando me pongo a
escuchar como me recomendaste, nunca duro más de dos segundos, dijo. Oigo el canto de un pájaro el primer
segundo, luego el pasar de un auto en el segundo segundo, y en el tercer
segundo mi mente se pone a divagar, y no logro escuchar nada, porque mis pensamientos hacen ruido, ruido… Pienso
en las cuotas del auto, en algo que pasó en la fábrica ese día, pienso en
comida, en sexo… en ropa, en un afiche que vi en el subte, me acuerdo de
alguien, de mis tíos, de mis hijos, de mi infancia… ¡En fin! Y aquello no para,
hasta que me canso y me voy a la cocina a prepararme un sándwich.
¡Muy bien!, le dije. Lo has estado intentando. Ella entonces
me pidió que le explicara un poco cómo era eso de meditar. Porque eso es lo que es, ¿no…? Meditar. Le dije que en realidad,
meditar meditar, todavía no era, que para meditar meditar hacían falta ciertas “condiciones”.
Inmediatamente me explicó que tenía absolutamente todo lo necesario para meditar:
un espacio privado, un almohadón alto, ropa cómoda, e incluso sahumerios. Sí, todo eso está perfecto, le dije, pero dicen los que saben que la verdadera
meditación es algo que se alcanza solo después de haber superado ciertos
estados internos. Y el estado que precede inmediatamente al de meditación es el
estado de concentración. María se echó a reír. ¡Ah, cagamos! Porque yo de la concentración estoy bastante lejos.
Cuando recién empezamos a meditar, es completamente normal y
entendible que nuestra mente se encuentre distraída y dispersa. Estamos
acostumbrados a vivir hacia afuera, llevados por impulsos, estímulos y
necesidades que nos conectan permanentemente con un afuera, con un otro. Así
que lo primero que debemos hacer es calmarnos. La mente es una poderosa
herramienta de realización cuando se encuentra enfocada y al servicio de una
buena causa, pero cuando está inquieta o atormentada, o cuando está tan
identificada con el ego que se cree la reina y señora de todo lo creado, resulta un verdadero estorbo, porque parece
que no nos da tregua y la sola idea de “paz” nos parece una lejana utopía. Pero la paz mental realmente existe, le
dije a María, a lo cual ella sonrió.
-
Te puedo creer… pero ¿cómo se logra?
-
El ejercicio de simplemente escuchar era solo un método diagnóstico, para que te
dieras cuenta del estado de agitación de tu mente. Ahora… ¿quieres probar a ir
más allá?
-
Sí, sí… Quiero – dijo ella.
-
Bien. ¡Cuánto me alegro! En ese caso, lo
siguiente que harás será purificarte.
-
¿Purificarme…? ¿Y seguir “escuchando”?
-
Sí. Haz un ayuno, cambia un poco tus hábitos. Es
un truco para lograr que la mente se aquiete un poco más rápido. Una especie de
atajo, digamos. Todo lo que ingerimos se refleja en todo lo que somos,
incluyendo nuestra actividad mental.
-
Ah, bien. ¡Sí, claro! – exclamó ella, reconociendo en base a su
propia experiencia que era verdad.
-
Ya me contarás cómo te fue con eso, dije.
Cuando se marchó, María parecía aliviada. Anochecía. Cerré
la puerta tras ella y me fui a preparar una infusión. Dejé el azúcar a un lado
y me senté a sorber calmadamente el contenido de mi taza, escuchando.
CONTINUARÁ...
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