Muchas veces, cuanto
más nos empeñamos en encontrar un sentido a todo lo que vemos o a todo lo que
nos pasa es cuando más lo perdemos. Dejar ser, dejar fluir, dejar vivir,
aprender a intervenir menos en nuestros propios procesos y los de la creación
nos lleva a una expansión liberadora.
Cuando volví a ver a María, no fue en ninguno de los
espacios que se definen como “míos”, sino que fue en un parque. Yo había salido
a tomar un poco de sol y llevaba una media hora caminando cuando me la topé de
frente. Fue una gran y agradable sorpresa. Después de haberme dicho que nunca
tenía ganas ni tiempo para nada, la encontraba en aquel espacio verde lleno de
oxígeno y los típicos sonidos de la sencilla felicidad humana: risas, conversaciones,
niños. También perros y pájaros. Además, la noté un poco más liviana que de
costumbre. Su ceño no estaba completamente fruncido ni tenía las grandes ojeras
que le había visto en otras ocasiones.
¡Vaya!, le dije. ¡Qué bueno que saliste de casa a estirar las
piernas, al menos! Me contó que se sentía bastante contenta desde que había
descubierto lo bien que le sentaban las uvas. Cuando me dijiste que ayunara, dijo, te juro que lo intenté, pero qué va, ¡no pude! Estoy demasiado
acostumbrada a comer cuando se me antoja y… bueno, me puse a buscar
alternativas y descubrí que se puede ayunar comiendo solo frutas. Y si es una
sola fruta durante el tiempo que dure el ayuno, mejor. Así que elegí comer
uvas. Y lo hice por veinticuatro horas. No fue fácil, pero creo que funcionó. Le
pregunté por qué le parecía que había funcionado y me contó que algo se había
desbloqueado en su interior. No algo
grande, dijo. Algo pequeño, pero significativo.
He seguido practicando mis intentos de
meditar y ya no me siento tan perdida. Por momentos he llegado a sentir que me
amo de verdad.
En vista de tales avances, invité a María a un grupo de
meditación que había abierto esa misma semana. Ella aceptó con entusiasmo.
Dimos juntas un par de vueltas al parque y me di cuenta de que ella había
tomado espontáneamente la decisión de cambiar. Cuando nos despedimos, nos dimos
un abrazo largo y sentido. Regresé a mi casa con la energía renovada, llena de
vitalidad y nuevas ideas.
El grupo de meditación se reúne los viernes a las 19 horas.
María llegó unos minutos antes, pero se veía un poco agitada. Sin embargo, al
comienzo de la sesión empecé a espiarla abriendo de vez en cuando los ojos, y al
cabo de diez minutos la noté calmada. Evidentemente, había aprendido a
controlar sus decibeles. Escuchando.
¿Y qué se aprende de
la escucha?, decía la grabación. Luego seguía una larga pausa. Se aprende a ir hacia dentro. Pausa. Hacia un lugar desde donde nos es posible y dado
conectar con nuestra respiración. Pausa larga. ¿Qué vino primero, escuchar o respirar? Dejé de espiar a María y me
fui adentrando más y más en mi interior. Es
necesario ir más y más hacia dentro, decía la voz suave, amorosa y firme de
la grabación. Escucha… Pausa. Respira. Pausa. Todo lo que hay que saber y entender está en ese silencio. Pausa
larga, de unos veinte minutos. De una eternidad. Y luego siguieron más frases,
sueltas como hojas de un gran árbol que se seca en otoño, liberadas al vacío
para el disfrute del viento. Caer… caer
hacia el centro de un mismo. No hay fondo ni desgracia que pueda dañar tu Ser.
¡Eres inconmensurable!
Al final de la sesión, todos estábamos sonrientes. En un
momento, María se me acercó para despedirse. Me dio un beso y, antes de
marchar, me haló un poco hacia sí y me dijo al oído: Hoy descubrí que soy un río. La miré a los ojos. Y que eso es mucho mejor que ser María Rodríguez,
la empleada amargada de la fábrica de caramelos. Nos abrazamos nuevamente,
luego ella se dio media vuelta y se fue, fluyendo por su nueva vida, hasta el
próximo encuentro.
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