viernes, 4 de octubre de 2019

¿Qué necesito para alinearme conmigo? – Parte 1



Cualquiera puede verse atrapado sin querer en un enjambre de contradicciones que no le permiten actuar según lo que siente, expresar lo que piensa o pensar de acuerdo con sus acciones. Tales situaciones generan un estrés vital que solo puede llevar a la degeneración… o a la transformación.

Hace poco, una mujer a quien llamaré aquí… María, vino a mí y me dijo: Me siento como una extraña en todas partes, ando como perdida y no sé quién soy. La tomé de las manos y me senté con ella en un sillón, cerré los ojos y traté de sentir su corazón a través del contacto de nuestras manos. Al principio estaban frías y algo sudorosas, transmitían un nerviosismo de base sobre el que flotaba –lo sentí– un río pegajoso de materialismo. En el medio, vacío. Permanecimos así unos instantes hasta que, de pronto, María se echó a llorar.
Más tarde me contó que trabaja en una fábrica desde hace más de diez años y que le aburre su trabajo. Pero lo necesito…, dijo. ¿Haces alguna cosa que sí disfrutes?, pregunté. Me dijo que no, que no tiene tiempo ni dinero de sobra para… ¿Para…? Bueno, para hacer cerámica o tomar clases de baile, dijo, y se le iluminó el rostro. El solo hecho de imaginarse haciendo estas cosas, aunque fuera por unos instantes, le hizo volver a la vida. ¿Tienes amigos, amigas, en la fábrica?, pregunté. Me dijo que no, que casi todos ahí son aburridos y sombríos. Pensé que ella misma debía parecer aburrida y sombría estando ahí dentro. Entonces, tienes amigos fuera de la fábrica, dije. Me dijo que tampoco, porque todos sus amigos de antes dejaron de llamarla “desde que mi marido me dejó por otra más joven y bonita que yo”, dijo. Comenté que entonces aquellos nunca habían sido sus amigos. María asintió torpemente y bajó al suelo la mirada. Después me dijo que los hijos no la visitan, que su madre murió de un paro cardíaco hace dos meses y que aún no ha recibido la herencia, que es poco, pero a fin de cuentas es algo que podría usar para terminar de pagar el auto, comprarse ropa, ir a la peluquería… Qué sé yo, dijo. ¿Extrañas a tu madre?, pregunté. Me dijo que no.
Los pensamientos de María giraban en torno a cualquier cosa, sin centro ni rumbo fijos. Había un llamado a hacer cerámica, danzar, pero una gruesa capa de condicionamientos contrarios le impedían atreverse siquiera a creerlo posible. Solo los genios pueden vivir del arte, me dijo. Yo no. Entonces las ganas de llorar me vinieron a mí. ¡Qué falta de fe y optimismo!, pensé. Pero enseguida me repuse, recordándome que la vida puede ser de diferentes maneras para diferentes personas, pero nunca deja de ser una escuela. Volví a tomarle las manos con toda la ternura de la que fui capaz y le dije: Es necesario que te alinees contigo. Me miró preocupada. ¿Qué…?, preguntó desconcertada. Debes ponerte de tu lado, dije. Pero de verdad. Soltar el miedo a vivir. Imaginar que la vida sí puede ser otra cosa. Darte tiempo y espacio para quererte. ¡Confiar! Probar qué se siente compartir tus talentos. Su rostro volvió a iluminarse y un destello de esperanza brilló en sus ojos. Mm… bueno, ¿y eso cómo se logra…?
Primero, necesitas entender y aceptar que eres una hija única, irrepetible, imprescindible y necesaria de la Creación, dije. Concédete ese permiso y luego… ¡simplemente escucha!

CONTINUARÁ…

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