Cualquiera puede verse
atrapado sin querer en un enjambre de contradicciones que no le permiten actuar
según lo que siente, expresar lo que piensa o pensar de acuerdo con sus
acciones. Tales situaciones generan un estrés vital que solo puede llevar a la
degeneración… o a la transformación.
Hace poco, una mujer a quien llamaré aquí… María, vino a mí
y me dijo: Me siento como una extraña en
todas partes, ando como perdida y no sé quién soy. La tomé de las manos y
me senté con ella en un sillón, cerré los ojos y traté de sentir su corazón a
través del contacto de nuestras manos. Al principio estaban frías y algo
sudorosas, transmitían un nerviosismo de base sobre el que flotaba –lo sentí–
un río pegajoso de materialismo. En el medio, vacío. Permanecimos así unos
instantes hasta que, de pronto, María se echó a llorar.
Más tarde me contó que trabaja en una fábrica desde hace más
de diez años y que le aburre su trabajo. Pero
lo necesito…, dijo. ¿Haces alguna
cosa que sí disfrutes?, pregunté. Me dijo que no, que no tiene tiempo ni
dinero de sobra para… ¿Para…? Bueno, para hacer cerámica o tomar clases de
baile, dijo, y se le iluminó el rostro. El solo hecho de imaginarse
haciendo estas cosas, aunque fuera por unos instantes, le hizo volver a la
vida. ¿Tienes amigos, amigas, en la
fábrica?, pregunté. Me dijo que no, que casi todos ahí son aburridos y
sombríos. Pensé que ella misma debía parecer aburrida y sombría estando ahí
dentro. Entonces, tienes amigos fuera de
la fábrica, dije. Me dijo que tampoco, porque todos sus amigos de antes
dejaron de llamarla “desde que mi marido
me dejó por otra más joven y bonita que yo”, dijo. Comenté que entonces
aquellos nunca habían sido sus amigos. María asintió torpemente y bajó al suelo
la mirada. Después me dijo que los hijos no la visitan, que su madre murió de
un paro cardíaco hace dos meses y que aún no ha recibido la herencia, que es
poco, pero a fin de cuentas es algo que podría usar para terminar de pagar el
auto, comprarse ropa, ir a la peluquería… Qué
sé yo, dijo. ¿Extrañas a tu madre?,
pregunté. Me dijo que no.
Los pensamientos de María giraban en torno a cualquier cosa,
sin centro ni rumbo fijos. Había un llamado a hacer cerámica, danzar, pero una
gruesa capa de condicionamientos contrarios le impedían atreverse siquiera a
creerlo posible. Solo los genios pueden
vivir del arte, me dijo. Yo no.
Entonces las ganas de llorar me vinieron a mí. ¡Qué falta de fe y optimismo!, pensé. Pero enseguida me repuse, recordándome
que la vida puede ser de diferentes maneras para diferentes personas, pero
nunca deja de ser una escuela. Volví a tomarle las manos con toda la ternura de
la que fui capaz y le dije: Es necesario
que te alinees contigo. Me miró preocupada. ¿Qué…?, preguntó desconcertada.
Debes ponerte de tu lado, dije. Pero
de verdad. Soltar el miedo a vivir. Imaginar que la vida sí puede ser otra
cosa. Darte tiempo y espacio para quererte. ¡Confiar! Probar qué se siente compartir
tus talentos. Su rostro volvió a iluminarse y un destello de esperanza
brilló en sus ojos. Mm… bueno, ¿y eso
cómo se logra…?
Primero, necesitas entender
y aceptar que eres una hija única, irrepetible, imprescindible y necesaria de
la Creación, dije. Concédete ese
permiso y luego… ¡simplemente escucha!
CONTINUARÁ…
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