La tensión física y
mental se ha vuelto parte inherente de nuestras vidas. Los altos niveles de
exigencia a los que nos sometemos, aunados al consumismo y la competitividad nos
arrastran hacia un abismo del que difícilmente se sale ileso.
La evidencia más grande de que no podemos seguir por el
camino arriba descrito es el hecho de que la comunidad médica global ya
reconoce, desde hace años, al estrés como la principal causa de un gran número
de enfermedades. El ser humano, al igual que todo el resto de la naturaleza,
necesita y pide equilibrio, entre la
acción y el descanso, entre trabajo y ocio, entre la socialización y la soledad,
siempre tan necesaria. Cuando tomamos consciencia de esto, bien sea a través de
nuestra propia experiencia o por medio de otros, entendemos que los seres
humanos debemos generar un cambio en nuestras vidas, para dejar de vivirla como
si fuera una carrera de supervivencia.
Nuestros amigos más cientificistas y darwinistas responderán
que la vida es, de hecho, una carrera de supervivencia en la que solo los más
aptos logran salir adelante. Pero esto es solo parcialmente cierto. La vida
salvaje manifiesta un sentido de balance y ritmo que nosotros los humanos
pareciéramos haber perdido. Cebras y avestruces se alertan mutuamente de los
ataques de los depredadores. Las hormigas actúan como una masa obrera
unificada, sin fisuras. Los peces limpiadores entran a las bocas de animales
más grandes para llevarse la basura, ¡y nadie los muerde! El ser humano, en
cambio, salvo excepciones, ha desarrollado un sistema de vida que pareciera
alentar más bien la desconfianza y el miedo, no solo hacia otros humanos, sino
también hacia todo el resto de las especies. Por poco que se piense, todos
podemos hallar ejemplos ilustrativos de esta “realidad”.
Y en medio de tanto estrés, algunos optan por el alcohol,
otros por los somníferos, otros por el sexo puro y duro, casi cualquier cosa
con tal de aliviar esa tensión constante, el pulso acelerado, la inquietud de
los pensamientos, el miedo o las preocupaciones. Los más sanos practican algún
tipo de deporte, o yoga, hacen siestas, juegan con el perro, caminan. Lo cierto
es que todos, sea cual sea nuestra raza, sexo, religión o condición social,
tenemos la necesidad innata de relajarnos de vez en cuando. Porque somos parte
de un ritmo, el ritmo de la creación, cuyas pautas de armonía y maravilla
contemplan siempre la acción y el descanso, el día y la noche, el yin y el
yang.
La relajación es esa pausa. Es lo que nos
permite interiorizarnos y absorber los beneficios – o perjuicios – de nuestros
hábitos y acciones. Es lo que permite que la energía de afuera llegue a lo más
interno de nosotros, al nivel de la célula, para recargarnos, nutrirnos… o, si
nos portamos mal, destruirnos. Es lo que posibilita el vuelo porque diluye el
ego y el apego. La relajación nos hace inocentes. Es la puerta de entrada y
salida de la creatividad. Es lo que permite que se asiente lo turbio en el
fondo del río de la vida, y que siga fluyendo lo que tenga que fluir. También
nos hace lúcidos, nos ayuda a discernir y estabiliza nuestras emociones.
Démosle, pues, a esa pausa, el gran valor que le corresponde, para irnos
sintonizando cada vez más y mejor con las leyes del cosmos. Porque, a la larga,
cualquier otra opción resultará, sin duda, inviable.
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