domingo, 29 de septiembre de 2019

La importancia de la relajación

La tensión física y mental se ha vuelto parte inherente de nuestras vidas. Los altos niveles de exigencia a los que nos sometemos, aunados al consumismo y la competitividad nos arrastran hacia un abismo del que difícilmente se sale ileso.


La evidencia más grande de que no podemos seguir por el camino arriba descrito es el hecho de que la comunidad médica global ya reconoce, desde hace años, al estrés como la principal causa de un gran número de enfermedades. El ser humano, al igual que todo el resto de la naturaleza, necesita y pide equilibrio, entre la acción y el descanso, entre trabajo y ocio, entre la socialización y la soledad, siempre tan necesaria. Cuando tomamos consciencia de esto, bien sea a través de nuestra propia experiencia o por medio de otros, entendemos que los seres humanos debemos generar un cambio en nuestras vidas, para dejar de vivirla como si fuera una carrera de supervivencia.
Nuestros amigos más cientificistas y darwinistas responderán que la vida es, de hecho, una carrera de supervivencia en la que solo los más aptos logran salir adelante. Pero esto es solo parcialmente cierto. La vida salvaje manifiesta un sentido de balance y ritmo que nosotros los humanos pareciéramos haber perdido. Cebras y avestruces se alertan mutuamente de los ataques de los depredadores. Las hormigas actúan como una masa obrera unificada, sin fisuras. Los peces limpiadores entran a las bocas de animales más grandes para llevarse la basura, ¡y nadie los muerde! El ser humano, en cambio, salvo excepciones, ha desarrollado un sistema de vida que pareciera alentar más bien la desconfianza y el miedo, no solo hacia otros humanos, sino también hacia todo el resto de las especies. Por poco que se piense, todos podemos hallar ejemplos ilustrativos de esta “realidad”.
Y en medio de tanto estrés, algunos optan por el alcohol, otros por los somníferos, otros por el sexo puro y duro, casi cualquier cosa con tal de aliviar esa tensión constante, el pulso acelerado, la inquietud de los pensamientos, el miedo o las preocupaciones. Los más sanos practican algún tipo de deporte, o yoga, hacen siestas, juegan con el perro, caminan. Lo cierto es que todos, sea cual sea nuestra raza, sexo, religión o condición social, tenemos la necesidad innata de relajarnos de vez en cuando. Porque somos parte de un ritmo, el ritmo de la creación, cuyas pautas de armonía y maravilla contemplan siempre la acción y el descanso, el día y la noche, el yin y el yang.
La relajación es esa pausa. Es lo que nos permite interiorizarnos y absorber los beneficios – o perjuicios – de nuestros hábitos y acciones. Es lo que permite que la energía de afuera llegue a lo más interno de nosotros, al nivel de la célula, para recargarnos, nutrirnos… o, si nos portamos mal, destruirnos. Es lo que posibilita el vuelo porque diluye el ego y el apego. La relajación nos hace inocentes. Es la puerta de entrada y salida de la creatividad. Es lo que permite que se asiente lo turbio en el fondo del río de la vida, y que siga fluyendo lo que tenga que fluir. También nos hace lúcidos, nos ayuda a discernir y estabiliza nuestras emociones. Démosle, pues, a esa pausa, el gran valor que le corresponde, para irnos sintonizando cada vez más y mejor con las leyes del cosmos. Porque, a la larga, cualquier otra opción resultará, sin duda, inviable.

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