La enfermedad, o lo que algunos conocemos más amablemente como estado adaptativo de salud, puede ser muchas cosas y ser vista de muchas maneras, bien sea desde adentro o desde afuera, desde un punto de vista emotivo o desde uno científico, como un acontecimiento inevitable de la vida humana o como una desviación de la verdadera naturaleza del ser. Lo cierto – en esto me parece que la mayoría concordamos – es que enfermar constituye un momento poco agradable en el que el sujeto enfermo – o enferma – no se la pasa bien. Hay dolor, incapacidad, disfuncionalidad, molestias, etc. También tendemos a coincidir en que la “enfermedad” es o debe ser un estado excepcional dentro de la vida humana. Es decir, normalmente, deberíamos vivir sanos y solo ocasionalmente enfermarnos.
Si el tiempo de enfermar es un tiempo excepcional, habrá que pensar que algo tiene de especial. Y lo que tiene es justamente esa llamada de atención, esa alerta que nos dice y nos reclama: “Oye, hay algo que no está bien”. Y puede ser algo en nuestras relaciones, algo en nuestra manera de reaccionar o comportarnos, algún hábito, algún pensamiento, una situación mantenida por demasiado o por demasiado poco tiempo… El caso es que la causa de la enfermedad casi siempre podemos rastrearla y encontrarla, si nos fijamos bien, en nuestras propias actitudes. Por eso, el tiempo de enfermar debería llevar siempre a algún tipo de cambio en nuestro estilo de vida, por pequeño que sea. Sí, un cambio para podernos adaptar mejor a nuestra propia vida y circunstancias. Si pasamos por alto esa necesidad de cambio, si “hacemos que nos curamos” engañando al cuerpo con químicos, por ejemplo, o fingimos que no nos damos cuenta, y no cambiamos nada en nuestro sistema de vida, esa enfermedad – que a lo mejor solo era una molestia al principio – posiblemente se va a profundizar y a cronificar.
La enfermedad es una llamada de alerta. Hay que saberla escuchar. Hay que hacer el ejercicio de descifrar su mensaje (muchas veces solo hace falta sincerarnos para entender) y con eso ya tendremos un buen trozo del terreno ganado a favor de una salud duradera. Así que… ¡atentos y alertas! Tengamos el coraje de admitirnos a nosotros mismos qué es lo que realmente nos pasa. "¡Conócete a ti mismo!", ¿recuerdan? Solo así habremos dado el primer paso hacia el verdadero fortalecimiento de nuestro auténtico Sentido.
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