jueves, 26 de septiembre de 2019

La dimensión colectiva de la enfermedad

Somos células de un mismo cuerpo de humanidad, átomos de la infinita red de la Vida. Quien se pretende separado del resto no sólo niega al otro, se niega también a sí mismo. 


Muchas veces, cuando enfermamos tenemos la sensación de que eso que nos pasa solo nos pasa a nosotros. Sentimos tan íntima y personalmente nuestra dolencia que nos quedamos con la cara hundida contemplando fijamente nuestro propio ombligo. Sin embargo, hay evidencias de que las personas rara vez enferman solas. En las consultas ocurren cosas como que llega una señora con gastritis y al cabo de media hora llegan dos pacientes más que esa semana vienen sufriendo de lo mismo. ¡Sin ponerse de acuerdo! Y uno dice: “Un momento, esto ya no es de un solo paciente. Esta gastritis es más colectiva de lo que parece.” Después, a la semana siguiente vienen varios con dolor de cabeza, ¡el mismo día! Y así sucesivamente. O sea que, evidentemente, hay algo que nos está pasando colectivamente y que estamos interpretando como un fenómeno personal cuando en realidad no lo es, o al menos no del todo. 

Igual seguimos siendo individuos, o individuas, por supuesto. Evidencia de ello es que cada une va a vivir esa dolencia de una determinada manera, le va a poner su “no sé qué”, su toque único a la hora de interpretar con el cuerpo y con la mente lo que le está pasando. Y cada interpretación va a ser verdad: que le dio gastritis porque se comió dos arepas en vez de una, que le dio porque se peleó con su esposa, o al otro le dio porque bebe en exceso. Pero una cosa no quita la otra. Somos simultáneamente entes colectivos e individuales. Lo que ocurre es que en nuestras sociedades occidentales tendemos a darle más peso a la individualidad y menos al colectivo. Y eso hace que pasemos por alto muchas cosas. También hace que nuestro sistema de vida sea mucho más estresante. 

La verdad cósmica, o mística, si se quiere, que subyace a esta realidad es que todos los seres estamos unidos, soldados, en una única red llamada Creación, llamada Vida. Nada podemos hacer, pensar, decir o sentir, que no repercuta en alguna medida a todo el resto de los seres. La mayoría de las veces, no somos conscientes de este vínculo de amor del Eterno que nos mantiene unidos, ni de cómo nos afectamos unos a otros. Despertar a esta consciencia y responder en consecuencia nos puede alejar, es cierto, de nuestra zona de confort, pero también es una puerta hacia la verdadera felicidad. 

Si no lo crees, haz la prueba y verás. Vive un día, o una sola hora, si quieres, en la consciencia de que eres uno, una, con todo el resto de los seres vivos. Piensa y cree en ese tiempo que, aunque nuestros corazones sean todos diferentes (¡y únicos!), en algún lugar de nosotros mismos todos compartimos la esencia del amor supremo que nos creó. ¡Y actúa en consecuencia! Verás cómo tu egoísmo se diluye poco a poco, y al final del día pregúntate con sinceridad cómo te sientes. Te garantizo que dentro de ti mismo, de ti misma, te espera una muy grata sorpresa.

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