jueves, 26 de septiembre de 2019

De cómo llegué a la Escuela Neijing

¿Cómo se llama a eso, cuando algo aparece en nuestras vidas y cambia para siempre un aspecto fundamental de nosotros? ¿Destino? ¿Causalidad? ¿Regalos de la Creación? ¿Todas las anteriores? 


Tengo una tía-madrina que ha abierto dos puertas importantes en mi vida. La primera fue cuando me hizo entrar a un concurso en el que gané una beca para estudiar dos años en Italia. En ese entonces yo era una adolescente. La segunda fue la acupuntura. Ella estudió en la Escuela Neijing mucho antes de que yo supiera siquiera que esta existía. Cuando iba a visitarla, siempre le pedía que me punturara aunque no me encontrara enferma. Simplemente me gustaba el efecto de las agujas, mi cuerpo sabía que me hacían bien. Luego un día me enfermé de verdad, y como mi tía y yo vivíamos en ciudades diferentes, ella me refirió a una colega que sí vivía en Caracas al igual que yo. Esa colega no solo se convirtió en mi terapeuta, sino que al conocerme me animó a entrar a la Escuela y formarme en Medicina Tradicional China. “Esto te va a abrir la visión a muchas cosas”, dijo. Y yo que nunca había imaginado siquiera dedicarme a algo que tuviera que ver como medicina o sanación, y que era más bien fanática de las artes y la vida bohemia, acepté. Corría el año 1996. 

Así fue como entré en un universo lleno de hombres peludos y mujeres con faldas largas que hablaban de energía y de Dios. Algunos de ellos tenían tanta pinta de santos que asustaban, pero poco a poco fui entendiendo que esa santidad que ellos reflejaban es una herencia innata que todos llevamos, aunque pocos hagamos el esfuerzo de cultivarla. Al comprender eso, me hice parte de ese afán divino. Fui guiada y me formé el hábito de meditar y orar. Aprendí sobre reinos mutantes, vías de luz, combinaciones de resonadores (puntos) cuya lógica estaba impregnada de un sentido estelar. Viajé, conocí al maestro fundador de la Escuela, sus palabras, sus acciones, su presencia… calaron hondo en mí. Y, por supuesto, me enamoré de ese poético coraje con que el maestro y la Escuela expresan permanentemente su adhesión al Camino, es decir, al Tao, que no es diferente de lo Eterno, que se asemeja o se acerca a la idea de Dios, que está en todas partes, y cuya verdadera esencia es innombrable. 

Mi relación con la Escuela fue estrecha en unas épocas y menos estrecha en otras, sin embargo, en medio de estos ires y venires siempre permaneció vivo en mí el deseo de seguir involucrada y aprendiendo. Hoy en día, tengo la suerte de estar dando clases al grupo de primer año del Curso de Formación en Medicina Tradicional China que imparte la Escuela en Buenos Aires. Considero esto como un regalo y como una parte más de un aprendizaje infinito. También formo parte de la plantilla de terapeutas que atienden regularmente en la Casa del Vuelo, ubicada en Caballito. Por medio de estos dos servicios (dar clases y atender pacientes) mi vida se expande y se funde con el resto de la humanidad. Las famosas palabras del maestro fundador, José Luis Padilla Corral, “tu dolor es mi dolor, tu felicidad es mi felicidad…” pasan de ser frases aisladas para convertirse en vivencia que permea mi día a día. “Mi vida” deja de ser completamente mía al fundirse con un movimiento humanitario que va mucho más allá de mí, que viene de mucho antes de mí y que se proyecta en las vidas de otros de un modo que yo nunca había osado soñar. Llámese como se llame, resulta imposible no atender a ese Llamado que es la Llama misma del despertar del Amor en su sentido más trascendente: el Amor Universal.

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